Primero, el insostenible gasto de la guerra (450.000 hombres en armas más la movilización de equipos militares en el extenso e intrincado territorio colombiano).

Segundo, por el deterioro de la economía colombiana: inflación, desempleo, altos intereses, caída de la producción.

Tercero, por la presión social como consecuencia de la situación interna y motivada por los crecientes movimientos sociales de Latinoamérica (la Revolución Bolivariana).

Cuarto, por el desprestigio internacional del gobierno de Uribe, que queda de manifiesto en el Grupo de Río y el elocuente dramatismo allí escenificado (Santo Domingo), en la Cumbre de Lima, en la reunión de Unasur, en la OEA donde sólo cuenta con el voto de los EE.UU.

Quinto, por la “parapolítica” que día a día va desmantelando la estructura política creada por el uribismo para ejecutar el terrorismo de Estado (“seguridad democrática”) y ha sacado de sus curules a 70 parlamentarios: investigados unos, sentenciados otros.

Sexto, por la “Yidispolítica” donde el delito de cohecho convierte en fraudulenta la reforma de la Constitución que permitió la reelección de Uribe. Si a Yidis le comprobaron el soborno (cohecho) y por ello fue sentenciada a cuatro años de prisión. Esa sentencia constituye la prueba madre contra el autor del soborno que sirvió para conseguir los votos que aprobaron la reforma constitucional y la reelección, de la cual el único beneficiario es Uribe, mejor dicho “blanco lo pone, frito se come”. Para no juzgar y sentenciar a Uribe sería necesario anular la sentencia contra Yidis Medina. O Uribe va a la cárcel o Yidis sale libre. Como testigo de esta situación está la opinión internacional. ¿Qué va a hacer la Corte Constitucional? La Justicia es una cosa y el golpe político de la liberación de los retenidos por las FARC es harina de otro costal. La reelección de Uribe fue producto de una reforma constitucional fraudulenta y fue la gota que rebasó el vaso de su carrera delictiva (Narcotraficante Nº 84 en la lista de la DEA)

Séptimo, por la propia trayectoria delincuencial de Uribe como herencia de su padre, de sus familiares, los Ochoa, y de su amigo y protector Pablo Escobar (doctor Varito, según la versión de Cristina Vallejo, amante de Escobar), y como director de Aeronáutica Civil para habilitarle aeronaves y aeropuertos a la red del narcotráfico.

Octavo, por ser el fundador del paramilitarismo como alcalde de Medellín y luego como gobernador de Antioquia.

Noveno, por la infame agresión contra el Ecuador, país vecino y amigo de Colombia. Flagrante violación del derecho internacional al invadir el territorio de otro país y la masacre de personas que dormían y estaban indefensas.

Décimo, por la traición al presidente Chávez luego de haberle dado credenciales para el “intercambio humanitario”, que como el padre Gandica, “Uribe lo predica, pero no lo practica.”

Undécimo, por el terrorismo de Estado contra sindicalistas, periodistas, partidos de oposición, las masacres a comunidades aborígenes y de campesinos que forman la base social de la guerrilla.

Duodécimo, record de asesinatos en relación a gobiernos anteriores.

Décimo tercero, por los desplazados internos (5 millones) y los desplazados a países vecinos (4 millones).

El expediente de Uribe está tan lleno que derrama como las cloacas taponadas. El amoralismo de su gobierno no tiene parangón en la historia colombiana. Este oscuro personaje pretende erigirse en adalid de la democracia, de los derechos humanos y de las virtudes ciudadanas.

Desde siempre tenemos bien formada nuestra opinión sobre Ingrid Betancourt Pulesio. Es oligarca por los genes: su padre fue ministro de Educación en el gobierno de Rojas Pinilla y luego embajador en Francia en los gobiernos del Frente Nacional; su madre Yolanda Pulesio fue reina de belleza (cuando en Colombia escogían a las candidatas entre las hijas de la oligarquía) y también fue senadora de la República, cargo de fácil acceso por los hijos de la oligarquía, aun cuando, contra viento y marea, lleguen a esos cargos liderezas como Piedad Córdoba o dirigentes del Partido Comunista que han tenido que pagar con su vida tamaña osadía.

Al salir liberada por las FARC, Ingrid tenía que ser fiel a su clase, al lider de su clase, a la reelección las veces necesarias del lider de su clase, al abrazo con el general del ejército sirviente de su clase, al ministro exponente de la farsa de su clase. Esa es Ingrid y por eso fue retenida por las FARC, junto con todos los demás políticos (senadores y diputados), para hacerles sentir y saber, a esa clase oligárquica, que en Colombia hay una guerra que ellos ignoran. Esa guerra desde siempre la padece el pueblo de obreros y campesinos pobres, mientras los oligarcas viven en sus mansiones y palacetes, viajan por el mundo en busca de placeres pagados con el fruto de sus rapiñas, de la explotación, del saqueo de las riquezas fruto del trabajo del pueblo colombiano.

Es una ingenuidad pensar que Uribe no va a terminar igual que Fujimore. Sus días como los de Bush están contados. Los veremos sentados en el banquillo de los acusados como criminales de guerra.


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